jueves, 7 de diciembre de 2006

17 años

Todos los 7 de diciembre me despierto a la misma hora. Recuerdo el primero...

A las 4.52, me desperté llorando, infinitamente triste y helada a pesar de la gruesa manta que me cubría. Supongo que intuía lo que estaba pasando. Desde el salón, oía la voz de mi madre en la cocina aunque no lograba distinguir las palabras. Me levanté y, descalza, me deslicé por el pasillo, a escuchar a hurtadillas. Pero esta vez no era una película de las que veía a escondidas o alguna discusión de mis padres...

Encogida junto a la puerta, contemplaba la escena de la cocina. Mi madre, de pie, de espaldas a la puerta. Cansada, con los hombros caídos, los gestos como si fueran a cámara lenta. Mi abuela sentada en un banquete, cubierta con su bata. Agotada, más menuda de lo que es, escuchando como su hija le contaba como el hombre de su vida no había vencido al cáncer y había muerto.
"No ha sufrido, mamá. Se ha ido mientras dormía"

Ambas se abrazaron llorando mientras yo lo contemplaba, con mis propios ojos anegados en lágrimas y la espalda apoyada contra la pared del pasillo. Incapaz de moverme de mi escondite. No sé cuanto tiempo pasó, sólo que al levantar la vista, ví a mi tío. Otro espectador mudo que contemplaba la escena desde el pasillo.
No entró en la cocina. No dijo nada. Sé que me miró pero no podía distinguir lo que me contaban sus ojos y en silencio, dió media vuelta y volvió a su habitación. Al poco rato, salió vestido, una de sus escopetas colgando del brazo, abierta. No dijo nada, ni siquiera cuando mi madre le oyó irse y le llamó. No apareció hasta dos días después, ni siquiera por el entierro. En ese momento, no lo entendí, pero ahora sé que cada uno afronta el dolor y el vacío como buenamente puede y esa fue su válvula de escape.

Al salir al pasillo para llamar a su hermano mayor, mi madre me vió. Me levanté sin decir nada, me quité las lágrimas con la manga del jersey del pijama y entré en la cocina, a sentarme junto a mi abuela, a abrazarla. Mi abuela no dijo nada, se secó las lágrimas con un pañuelo que tenía en el bolsillo de la bata y se fue a asearse y vestirse.
Silvia, la abuela y yo vamos al hospital a hacer los trámites del entierro. Cuando se despierten tus hermanas, haz el desayuno y diles lo que ha pasado. Y dentro de un rato, llama a casa para que vengan papá y la tía Merche.

Cuando se fueron, la casa volvió a quedar en silencio, sólo roto por algún sollozo mío. Me fui al salón y me senté a mirar por la ventana, con la cara pegada al cristal. Las lágrimas cesaron y quizás el frío del cristal me ayudó a recuperar la calma para hacer lo que tenía que hacer. Hice mi cama y recogí el salón. Después, la habitación de mi tío y la de mis abuelos.
Pasé por la habitación dónde dormían mis hermanas, en la cama que normalmente ocupan mis padres en Burgos. Raquel, como siempre, se había hecho con el control de la manta y dejado a Noelia destapada, a quién cubrí con la colcha.
¿Cómo demonios se supone que le dices a tus hermanas, dos niñas pequeñas, que tu abuelo al que las tres adoráis, ha muerto? Tú no eres más que otra cría y eso no te lo enseñan en el cole. Pero en fin...

Cogí mi ropa, cerré la puerta y entré al baño a ducharme y prepararme. Y bajo el chorro de agua caliente, volvieron las lágrimas. Me sentía tan triste, tan vacía. En ese momento pensé que no se podía estar más triste, que no iba a sobrevivir a ese vacío (Años más tarde la vida me iba a demostrar que estaba equivocada...). Me vestí, nuevamente en silencio y sin lágrimas.

Tras llamar a mi padre, volví a la cocina a ocuparme haciendo cosas para no recordar y llorar, que es lo que más deseaba en ese momento. Pero mis hermanas iban a necesitar a alguien que se mostrara sereno y ¡maldita la gracia que me hacía!, me había tocado. Cuando yo lo único que quería hacer era sentarme a los pies de la cama de mis abuelos, del lado mi abuelo y llorar hasta que me reventaran los ojos; me puse a limpiar la caldera de ceniza del día anterior para encender el fuego y caldear la casa y pensar en los ingredientes de las lentejas que empecé a preparar después de acabar con la caldera.

Mis hermanas se levantaron y después de darlas de desayunar, se lo dije con toda la delicadeza de la que fui capaz. Y las dos, abrazadas a mí como si fuera un tronco firme, llorando como Magdalenas en medio de la cocina mientras yo recurría a toda la fuerza de voluntad que pude para no derrumbarme como ellas.

Pasaron las horas y seguí actuando como un autómata: ayudé a bañarse y vestirse a mis hermanas, acabé de recoger la cocina, hice la compra, llamé a algunos amigos y familiares para darles la mala nueva y rezaba todo lo que sabía (que era poco) para que me dejaran irme cinco minutos, sola, a desahogarme.

Diecisiete años desde aquella primera noche. Hoy no tengo que controlar las lágrimas pues estoy sola en casa. Te echo mucho de menos, abuelo.

6 comentarios:

Pete Vicetown dijo...

Mi abuelo se fué cuando yo tenía seis años. Me acuerdo cuando me lo dijeron una madrugada y yo no me lo creía. Eso no podía ser. Recuerdo que no me dejaron ir a su entierro. Ni me enteré cuando fué. Yo fui su vida durante seis años.
Ahora él, lo tengo claro, se encarga de cuidar la mia.
Y lo hace muy bien.

Anónimo dijo...

:-*

Anónimo dijo...

Para quien diga que Internet es frío, que lea tu bella historia y tu homenaje de cariño al abuelo.

Un beso; niña

Mar dijo...

Aparte del beso, que te lo doy ahora mismo, solo una cosa... y es que creo que cuando hay que llorar, hay que hacerlo sin pudor, sin escondernos de los niños, porque no... el dolor no nos lo enseñan en la escuela, y hace falta sacarlo para afuera y enseñarlo de la misma manera que hacemos con la risa.
Un gran beso.

Silvia dijo...

Pete, bienvenido. Por lo que leí en su blog, su abuelo le cuida bien. Me alegro por usted.

Turu, Dianora, gracias. Otro para vosotros.

Papuchi, otro beso para tí. Internet no es frío. Algo aséptico porque falta ese contacto fisico pero al fin y al cabo, hay personas detrás...

Mami, otro beso para tí. A mí no me gusta que me vean llorar en público, salvo de risa. Me gusta bregar con mi dolor yo solita e intentar asimilarlo.

Gracias y besos para todos

Poledra dijo...

Te dejo un abrazo, simplemente. Creo que no necesitas más....

Cuidate, guapa.